jueves, 6 de marzo de 2008

Paranoid Park



Hay que reconocer que Gus Van Sant es un director cojonudo. Como prueba tenemos sus primeros films, y como prueba tenemos el virtuoso dominio de la técnica que luce en los últimos. Como diferencia entre ambas etapas está la intención. Gerry, por ejemplo, es un increíble ejercicio de estilo que flojea por la total ausencia de chicha narrativa o capacidad para emocionar más allá de la fascinación de su técnica. En Elephant, sin embargo, consigue aplicar esas técnicas para inquietar y estremecer. Este Paranoid Park cae más o menos entre medias: el hecho de estar basada en una novela hace que, por primera vez en mucho tiempo, el director americano tenga una historia que contar, una historia muy potente que sabe desarrollar para llegar a algunos puntos realmente preciosos. La estructura temporal desordenada y que gira constantemente sobre sí misma, los estilizados movimientos a cámara lenta y los largos planos secuencia siguiendo al protagonista se convierten aquí en un elemento realmente efectivo a la hora de hipnotizar al espectador y sumergir al personaje en la mente y las visceras del torturado protagonista, un imberbe skater que accidentalmente mata a un guardia de seguridad que le descubre haciendo trastadas en las vías del tren, un extrañamente profundo y reflexivo adolescente al que el autor logra tomar el pulso y usarlo para retratar de forma excelente parte de la naturaleza de los jóvenes de la Norteamérica actual.

El problema es que entonces Van Sant se acuerda de que es Van Sant, adalid del nuevo cine intelectuoloide, genio del vacío narrativo, y sencillamente se excede en su faceta más experimental, que funciona en pequeñas dosis pero que aquí se repite lo suficiente como para llegar a eclipsar la fuerza narrativa y entrar por momentos en el terreno vacuo y tedioso que caracterizó, por ejemplo, la bastante indigerible Last Days. Y es realmente una pena, porque durante buena parte del metraje Van Sant parece haber encontrado el camino de sus mejores obras, logrando emocionar y penetrar en el espectador como pocos saben.

Epígrafe aparte para el (soberbio) apartado técnico. Cuando decía que Van Sant es un director cojonudo me refería en buena parte a esto. El chaval ha conseguido desarrollar un estilo visual fabuloso basado en el exquisito uso de la cámara lenta, los larguísimos planos secuencia siguiendo al personaje protagonista y una facilidad increíble para conseguir imágenes lo suficientemente expresivas por sí mismas como para justificar su filmación, independientemente de lo que cuenten. Y esta vez realmente ha tocado techo. La fotografía de Christopher Doyle es fabulosa, los fragmentos en super 8 de los skaters, sin añadir realmente nada a la trama, se convierten en estupendos complementos de la historia. Y, además, ha conseguido reunir la mejor banda sonora de su filmografía, recuperando al malogrado Elliott Smith (al que en su día lanzó a la fama al otorgarle todo el protagonismo de la música de El indomable Will Hunting) y reciclando la música del gran Nino Rotta, usando bastantes fragmentos de su música para Giulietta de los espíritus.

Nota: 7,3

viernes, 28 de diciembre de 2007

I'm Not There

Todd Haynes es una de las perlas del cine americano actual, y ya demostró en Velvet Goldmine que era capaz de afrontar el cine desde una lógica más musical que narrativa, lo cual le convertía en el director ideal para llevar a la pantalla un proyecto como éste. Y realmente parece haber puesto todo su talento en esta obra, inspirada en “la música y las múltiples vidas de Bob Dylan”, como confiesa al principio, a través de seis personajes distintos, interpretados por tantos actores, que cubren las personalidades y épocas más representativas del genio de Minnesota. Es, como dicen por ahí, un lienzo, pero puramente abstracto, en el que Haynes vierte todas sus influencias experimentales para contar la historia de una forma desordenada, sin linealidad temporal, con cambios a veces bruscos entre personajes y tonos, narrando hechos reales pero también leyendas y fragmentos inventados sobre Dylan para dar forma no sólo a su historia, sino para reflexionar sobre el arte y el propio artista, palabra para la que el señor Zimmerman es probablemente el mejor representante del siglo XX. Haynes juega a despersonalizar a la persona, a universalizarla, a mostrar el conflicto y el compromiso del artista con su gente, que muchas veces se acaba oponiendo a la propia innovación artística a la vez que compromete su vida personal.

Pero no pretendo asustar con lo anterior. Con todo el caos narrativo, I’m Not There no es una película difícil. Es divertida, emocional y brillante en estilo, con una dirección sobria y elegante, una fotografía adaptada a cada capítulo que luce sobre todo en el ominoso blanco y negro de su etapa sesentera y los mugrientos tonos verdes de su infancia, aportando un contraste entre sus diferentes vidas que lleva al principal problema del film, su irregularidad. Abarcando tanto es obvio que haya pasajes algo menos interesantes y que palidecen al lado de los mejores, sobre lo que hay que destacar obviamente el de Cate Blanchett, por su enorme interpretación y sobre todo porque se centra en la época más fascinante, creativa y polémica de Dylan, la segunda mitad de los sesenta; aunque personalmente también me ha cautivado el Dylan “forajido” de Richard Gere, sin duda el capítulo más extraño y abstracto pero también encantador y mágico de la obra, con el actor americano encontrando el punto exacto al tono del fragmento con su interpretación lacónica y la imaginativa dirección artística, amén de esa preciosa tonadilla fúnebre interpretada por Jim James y Calexico, una de muchas versiones que aparecen en el film, realizadas mayoritariamente por gente de la música alternativa como Sonic Youth, Stephen Malkmus, Yo La Tengo o Anthony, algunas bastante majas aunque no tengan nada que hacer con las originales de Bob, con su Stuck Inside of Mobile que abre gloriosamente la película, con el Like a Rolling Stone que la cierra o con la joya perdida que es la propia I’m Not There, grabada con The Band en la época de las Basement Tapes. Eso sí, mención especial a la interpretación de Ballad of a Thin Man, con Stephen Malkmus en audio y Cate Blanchett en imagen, en el mítico concierto del Royal Albert Hall de 1966, y su posterior discusión con el público filmada tal como está recogida en la propia cinta del concierto.

Puede que esta película no sea el biopic que los fans de Dylan esperaban, pero eso no quita el mérito a un film al que hay que alabar su ansia de innovación y su innegable calidad artística. Ahora le doy un 8 y poco, pero probablemente acabe subiendo su nota, porque es una de esas películas que, pasadas modas estúpidas, ganará con el tiempo. Haynes lo ha vuelto a conseguir.

Nota: 8,4

jueves, 6 de diciembre de 2007

Control


Aunque venga etiquetada como tal, Control no es un biopic. Empieza narrando la temprana juventud de Ian Curtis, mostrando hechos conocidos de ella (donde dibuja un importante parecido argumental con 24 Hour Party People, la estupenda (y muy diferente) película de Winterbottom), pero cuando realmente empieza a brillar es cuando deja atrás esos datos para hablar del alma y de los sentimientos de una persona tan confusa, sombría y lúcidamente trágica como Ian Curtis, el cantante de los aún hoy inimitables Joy Division. Sabemos la historia (para los que no la sepan están precisamente esos primeros minutos más "objetivos"), pero lo que no se espera es un relato tan profundo y emocional sobre la vida como el que realiza Corbijn. Ian es casi sólo un pretexto para introducirse en la mente de una persona atormentada por sus actos pasados, atrapado en una vida insatisfecha e incapaz de satisfacer las exigencias espirituales que implican las expectativas de su banda y su familia. Un retrato crudo y oscuro sobre un alma que no necesariamente eligió el camino correcto y que desde luego anda bastante lejos de lo que suelen trazar los típicos biopics heroizadores hollywoodienses, lo cual de por sí sólo ya sería algo positivo pero que aquí realmente funciona porque Corbijn sí que logra transmitir todas las emociones, toda la tristeza y toda la poesía que pretende la historia.

Mención aparte para el apartado técnico. El tratamiento visual es realmente impresionante. Está la fotografía en blanco y negro, brillante y decadente como la música que hace la banda del protagonista, pero aún mejor es la forma en que compone la imagen, sus encuadres y el ritmo que imprime. Y, por supuesto, la música, tan buena como siempre pero con el aliciente de esas muestras de las actuaciones en directo de la banda, rodadas de forma totalmente fiel a cómo nos han llegado los escasos documentos de Joy Division en directo, e imitando el sonido ruidoso y agresivo que gastaban en el directo, lo cual tiene aún más valor teniendo en cuenta que realmente son los actores que interpretan a los cuatro integrantes de la banda quienes están tocando. Y Sam Riley, que por momentos no interpreta a Ian Curtis, es Ian Curtis. Es un film espléndido y uno de los mejores del 2007, sin duda.

Nota: 8,9

domingo, 18 de noviembre de 2007

Reckoner

Bueno, por si no lo sabéis, el nuevo álbum de Radiohead es muy bueno. Algún día haré una crítica más detallada, pero la impresión general es esa. Esta es mi canción favorita del disco, y por cierto suena mucho a Talk Talk. Regalito de los de Oxford.


domingo, 4 de noviembre de 2007

Talk Talk - Laughing Stock


¿Cómo empezar la crítica de una obra maestra? Quizá evitando usar el término, para no parecer tan poco imparcial desde el principio. O quizá contando algo sobre sus autores, por aquello de que parece que van a pasar a la historia como una de las bandas más influyentes y olvidadas de su época.

Talk Talk fueron una de las bandas más populares de aquel synth pop que tuvimos (bueno, tuvieron, que yo aún no estaba presente) que sufrir a principios de los ochenta. Sus dos primeros discos tuvieron bastante éxito, pero fue el tercero (The Colour of Spring) el que dio suficiente pasta a su discográfica como para dejarles más libertad artística para grabar su nuevo disco. Algo de lo que se arrepentirían al oír Spirit of Eden: un álbum atmosférico, totalmente orgánico y con ligero regustillo a jazz, ni rastro de sus sintetizadores, sin singles, y sin gira, por la imposibilidad de reproducir su complejidad en directo. Claro, la compañía les echó, y también les abandonó el bajista Paul Webb, dejando la banda en manos de su guitarrista y cantante, Mark Hollis, que consiguió con el último álbum de la banda tocar el cielo e inventar prácticamente, junto a otra de las obras imprescindibles de aquel glorioso 1991 (el Spiderland de Slint) aquello que luego se llamaría post-rock.

Entrando en materia, Laughing Stock sólo puede encontrar comparación en su predecesor, o como mucho en el trabajo de otra banda criminalmente olvidada, Bark Psicosis, y aún así suena mucho más experimental y complejo. Es un disco más centrado en el conjunto que en sus canciones individuales, liberadas totalmente de estructuras y sin nada parecido a un estribillo o un pasaje pegadizo. El sonido se basa en la guitarra reverberada de Hollis y algún organillo o piano, con la presencia de batería o percusión muy jazz que entra en ocasiones. Y sobre eso, un manto de harmónica, violas y cellos que aparecen y desaparecen anárquicamente, llenando el silencio que dejan los demás instrumentos. Y sí, es ese silencio lo que más caracteriza este disco. Con permiso de aquellos pioneros del sello 4AD, poca gente ha tratado con más maestría las atmósferas que Mark Hollis. Con la excepción de Ascensión Day, lo más parecido a una canción que hay aquí, Hollis hace poco menos que esculpir ese silencio, creando un mundo etéreo sacudido por alguna oleada de distorsión concentrada y su extraña voz, la otra seña inconfundible de su obra, una vez de tenor a la que constantemente parece sacar más de lo que puede dar.

Tres de las pistas (Myrrhman, Taphead y Runeii) ni siquieran incorporan percusión, y muestran el punto álgido del disco en cuanto a experimentación. Ascensión Day y After the Flood son las dos pistas más convencionales, con un ritmo definido, su línea de bajo y la guitarra más definida. Pero el pico emocional es sin duda New Grass, una canción que debería exhibirse en un museo si pudiese tener una expresión física. Un ritmo percusivo hipnótico que se repite sin parar, un órgano inaudible, un piano apenas marcando las notas y la guitarra casi celestial de su líder. Y su voz, impresionante, aunque sin duda el mejor momento sea cuando, sobre el minuto 6 de la canción ésta desaparece, así como la guitarra y el organo, dejando a la percusión flotando y viendo como las violas y el piano entran y se van como si quisiese captar el sonido de las mareas, y creando uno de los ambientes más devastadores y a la vez bellos, sobre todo, que he tenido el placer de escuchar. Es, como decían de ella en allmusic, un pedacito de cielo, una de las mejores canciones que se han hecho nunca, el génesis de todo lo bueno que tiene ese post-rock que hoy en día, por popularidad, parece haberse desvirtuado y apartado de su intención original. Y aunque todo el disco no tenga su nivel, sigue manteniéndose como una obra maestra.

Nota: 9,8

jueves, 23 de agosto de 2007

Atmosphere

Aprovechando que Anton Corbijn está a punto de estrenar Control, el biopic que ha realizado (en escrupuloso blanco y negro, claro) sobre Ian Curtis, he aquí el vídeo-homenaje que el director holandés realizó en 1988 para una de las mejores canciones que se han hecho nunca, en escrupuloso blanco y negro.

martes, 21 de agosto de 2007

Hot Fuzz


Las distribuidoras no paran últimamente de protestar por la crisis de la industria del cine, y tardan poco en echar las culpas a los aficionados y a internet. Y tienen razón. Somos unos desalmados, y no valoramos como se debería el trabajo de las santas distribuidoras, que no paran de esforzarse por el bien del cine. Pongamos como ejemplo esta película, Hot Fuzz, película británica estrenada a principios de 2007 en su país de origen y poco después en EEUU, en ambos sitios con muy buenas críticas y cifras de taquilla razonables. Pero no en España, claro, porque nuestras distribuidoras nos quieren tanto que en vez de, simplemente, estrenarla, nos hacen sentir especiales al gastar bastante tiempo y dinero en doblar el film, con el consabido esfuerzo que supone el cargarse las actuaciones de los intérpretes y probablemente la mitad de las gracias del film. Ah, y contratan a un grupo de luminarias que deciden que el título es muy vulgar, y que mejor cambiarlo por algo como “Arma Fatal”, que queda mucho más chulo. Bueno, y retrasan su estreno aquí unos nueve meses, para que por entonces ya haya salido en dvd en su país de origen y circule por internet un bonito ripeo con buena calidad y unos subtítulos que nos permitan ver la versión no-mutilada de la película. Y claro, nosotros nos la descargamos, porque somos así de malos, y la vemos.

Hot Fuzz es la nueva película de los tipos que hicieron la genial Shaun of the dead (aquí “traducida” como “Zombies Party”), esto es, el director/guionista Edgar Wright, el actor/guionista Simon Pegg y el cómico Nick Frost. Pegg intepreta a Nicholas Angel, un superpolicía de Londres, tan bueno que sus compañeros están hartos de que les eclipse por lo cual consiguen que le trasladen a Sandford, un pequeño pueblo de la campiña británica donde aparentemente nunca pasa nada, pero con un alto nivel de “extraños accidente”. Allí se hace rápidamente amigo de Danny Butterman (Frost), un policía torpe y algo infantil obsesionado con las películas de acción policíaca y que siente que se está perdiendo la acción de la profesión. Y soy incapaz de explicar más sin volver a referirme a Shaun of the Dead. Para los no iniciados, aquella era, simplificando, una parodia del cine de zombies. Pero era algo más, era una peli de zombies. Quiero decir, una hilarante y llena de referencias, pero una película coherente e inteligente, lejos de esas parodias descerebradas tipo Scary Movie que suelen venir de los USA. Y es necesario entender eso para entender Hot Fuzz, una película de acción llena de referencias al género (especialmente las buddy movies tipo, sí, Arma Letal), espectacular y con un ritmo trepidante, tanto que a veces parece ser una más del género, mimetizando con tanta precisión el cine de gente como Michael Bay que asusta, pero que en todo momento no hace más que imitar todos los clichés del género y darlos la vuelta para crear una de las comedias más inteligentes desde, probablemente, la anterior película del trío responsable del film. Y, además, es prácticamente inmaculada técnicamente, con un montaje y unos efectos perfectos, y con unas actuaciones brillantes tanto del tándem Pegg/Frost como del resto del reparto, que incluye a ilustres secundarios británicos como Timothy Dalton, Jim Broadbent, Paddy Considine, Bill Nighy o Steve Coogan.

Siento haberme espesado tanto, pero sólo intento explicar bien qué es y qué no es esta película. Porque, cuando decidan estrenarla, aparte de la infame traducción seguro que veremos cómo intentan ocultar la verdadera intención de la película camuflándola como una simple película de acción, pero nunca publicitándola tanto como para que la mayoría del púbico se entere de que existe, logrando una vez más que una buena película pase totalmente inadvertida en nuestro país y acabe relegada al olvido al que enviaron a su predecesora. Y es una lástima, porque es fácilmente una de las mejores películas del año.
Nota: 8