lunes, 28 de mayo de 2007

Hedwig and the Angry Inch



Yo convencido de que ya lo había visto todo y de que nada me podía volver a sorprender. Y entonces descubrí a Wim Wenders, y a Wong Kar-Wai. Han sido unos meses moviditos babeando ante la pantalla presenciando el talento de estos dos realizadores, ejemplo perfecto del director “exótico” (uno alemán y otro de Hong-Kong) que logran maravillar con su fabulosa técnica y su estilo alejado de los convencionalismos del cine comercial. Por algo los de las dos W son referentes del mejor cine contemporáneo. Pero oye, que no me esperaba yo que la siguiente sorpresa llegase de un joven autor americano salido de Broadway y sin ninguna experiencia previa en el cine, que rompió moldes escribiendo el musical y dirigiendo y protagonizando su posterior adaptación cinematográfica. Un chaval llamado John Cameron Mitchell que me ha dejado embobado con su maravillosa ópera prima, Hedwig and the Angry Inch

Decían en Todo sobre mi madre, que sigo reivindicando como uno de los mejores films del cine patrio, que uno es más auténtico cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí mismo. Pues bien, la pobre Hedwig representa el lado oscuro de esa cita. Hedwig es un chaval nacido en Berlín oriental que creció alimentándose de la música que captaba de la radio de una base americana cercana, con predilección especial hacia el glam rock de los primeros setenta. Ha pasado mucho desde entonces, y la pobre Hedwig, que se fue a Estados Unidos a triunfar en la música, está en crisis. Una mujer fallida, una estrella fallida, una amante fallida. Vive obsesionada con un ex-novio(Michael Pitt, que sin hacer ruido se está haciendo con una filmografía muy interesante) que tuvo y que, aparte de abandonarla, le robó sus canciones, con las que ahora se ha convertido en un ídolo. Así que Hedwig le sigue, dando conciertos paralelos en locales de mala muerte para intentar ensombrecer la presencia de su traidor y reclamar sus composiciones. Y mientras las presenta, mientras las interpreta y mientras le cuenta batallitas a todo aquel dispuesto a escuchar, Hedwig nos va contando su vida. Desde luego, es una estructura novedosa para este musical que es todo menos convencional, y que se sale de los clichés del género estando más cercana de films como Velvet Goldmine, también centrado en la brillantina y cuyo director, por cierto, aparece en los agradecimientos del film. La diferencia es que, mientras aquella era una película sobre la música, la que aquí nos ocupa sólo la usa como medio para hablar de la frustración y la necesidad de aceptación del ser humano, a través de un transexual de aspiraciones musicales y de una música que, por cierto, es maravillosa. Está compuesta por un tal Stephen Trask e interpretada por su banda, los Angry Inch del título, con alguna colaboración ilustre como la de Bob Mould. Por supuesto, es puro glam, con esa mezcla de guitarras sucias, rockeras irresistibles y baladas brillantes que suelen abundar en el género de Bowie, que es una vez más la referencia inevitable.

Me resulta incomprensible, pero aún sigue habiendo, sobre todo por estas latitudes, muchos detractores de Almodóvar. Lo mejor es que suelen serlo sin siquiera haber visto nada suyo, y siempre usan la misma reprimenda (lo retorcido y lascivo de sus personajes), sin siquiera intentar ver lo que hay más allá del envoltorio. Por lo mismo, Hedwig and the Angry Inch será durante mucho tiempo objeto de ataque de gente rancia ensimismada en sus prejuicios e incapaces de aceptar la presencia de alguien como Hedwig en la pantalla. Bueno, como diría mi abuela, es su problema. Como el manchego, esta película de Cameron Mitchell tiene algo, pasión, que muy pocas películas de hoy consiguen alcanzar, y que a este le sobra a raudales. Un chaval destinado a revolucionar la mentalidad del nuevo cine americano (su nueva película, Shortbus, también se las trae). O, al menos, a revolucionar nuestro espíritu.

Nota:9

martes, 1 de mayo de 2007

Rushmore





A pesar de haber pasado mayoritariamente desapercibido en nuestro país, Wes Anderson se ha labrado en los últimos años un prestigio como uno de los directores más importantes del nuevo cine norteamericano. Su debut, Bottle Rocket (1996), era una medio fallida comedia que, a pesar de su falta de consistencia, ofrecía algunos detalles muy prometedores: el humor absurdo y algo oscuro, la elegancia de las imágenes, lo bizarro de sus personajes, el protagonismo de los hermanos Wilson (Owen y Luke), la gran banda sonora... detalles que dejaban la impresión de que a la película, y al propio Anderson, le faltaba un puntito para destaparse del todo con algo magistral. Ese elemento perdido podría ser, fácilmente, Bill Murray. Uno de los grandes cómicos del pasado, Murray llevaba unos años (desde la magnífica Ed Wood) algo perdido, dando tumbos entre subproductos y apariciones secundarias. Hoy en día ha vuelto a lo más alto, combinando esa unanimidad de crítica y público que ha cosechado con películas como Lost in Translation de Sofia Coppola o Flores Rotas de Jarmusch. Y sí, parte capital en esa recuperación la tiene Anderson y su papel en Rushmore, aunque antes de hablar sobre él habría que hablar un poco de la película en sí.

Rushmore gira en torno a tres personajes. Max Fischer (Jason Schwartzman, sobrino de Coppola, en su debut en el cine), un quinceañero de familia humilde estudiante de la prestigiosa Academia Rushmore, colegio de gente privilegiada al que accedió con una beca y donde disfruta de una posición notable gracias a su pasión por las actividades extraescolares, algo que se ve incompatibilizado con su rendimiento escolar, que siempre le mantiene al borde de la expulsión. Una cita de Jacques Cousteau escrita en un libro de la biblioteca lleva a Max a conocer a la señorita Cross (Olivia Williams), profesora de Rushmore de la que se enamora, sin querer aceptar la imposibilidad de su relación por la diferencia de edad. El último en discordia es Herman Blume (Murray), un magnate industrial padre de dos alumnos de Rushmore que vive en crisis totalmente desencantado con su vida y su familia, y que encuentra en Max un amigo con quien compartir miserias y, poco después, el amor por la misma mujer.

Bajo esa apariencia de comedia romántica de instituto, el guión (del propio Anderson y el actor Owen Wilson) desarrolla una profundidad y emocionalidad enorme gracias básicamente al desarrollo de esos tres personajes, y sobre todo de sus respectivos intérpretes: el antes citado papel de Bill Murray, que consigue llevar toda la desesperación y angustia de un hombre atrapado en su vida a su rostro, con ese estilo lacónico que tan bien le funcionó en Lost in Translation, pero cargando al personaje de una ironía y cinismo en ocasiones casi delirante que demuestra porque es uno de los grandes de la comedia. Sin llegar a su nivel (es difícil), Olivia Williams crea un personaje absorbente y frágil cuyo encanto detona la relación entre los protagonistas y que realmente enamora a cualquiera que vea la película; y el debutante Schwartzman, con su personaje de adolescente excéntrico, autosuficiente y algo repelente que ve cómo su mundo (su “Rushmore”) se desmorona y se ve obligada a pasar a la madurez a base de palos, olvidando sus sueños y grandes aspiraciones y viendo cómo a veces hay que conformarse con lo que tenemos.

Todo esto suena muy dramático, y lo es, pero Wes Anderson logra enterrar esa emocionalidad bajo un humor y, sobre todo, un estilo soberbio que hacen de la película todo un festín visual con sus preciosos movimientos de cámara, el uso magistral de la cámara lenta (¿por qué se usa tan poco en la actualidad?) y la banda sonora, llena de temazos de la British Invasion incluyendo Cat Stevens, John Lennon, The Who o Faces y del score de Mark Mothersbaugh, ex-líder de Devo. En resumen, Rushmore es uno de esos ejemplos de comunión entre diversión, belleza, profundidad e inteligencia que sólo unos pocos elegidos logran, y que la convierte en una de las mayores joyas del cine reciente.

Nota: 9,5

martes, 17 de abril de 2007

Heart of Gold


Los documentales vuelven a estar de moda. Ya sea con extraños productos o frikadas en general como Capturing the Friedmans o Tarnation, y con blockbusters de la talla de Bowling for Columbine o Una verdad incómoda, el género parece vivir un ligero resurgir al que por supuesto se ha añadido el musical. Películas como The Fearless Freaks (sobre los Flaming Lips) o I Am Trying to Break Your Heart (sobre Wilco) también han llevado la música a las salas de cine, pero aún así eran más documentales que películas de conciertos, género que vivió sus esplendor a finales de los 70 y principios de los 80 y que hoy ya parece relegado al DVD comercial. Por suerte andaba cerca Jonathan Demme (ganador del Oscar por El silencio de los corderos y director de una de las mejores películas musicales que se han hecho, Stop Making Sense, en la que retrataba un concierto de los Talking Heads). Demme es amigo de Neil Young desde principio de los noventa, cuando le filmó en The Complex Sessions. Y Young, recuperado de su reciente aneurisma cerebral, tenía nuevo disco (Prairie Wind) listo para presentar en directo en el Auditorio Ryman de Nashville, la capital del country, de lo que anda sobrado ese álbum.

Así que Heart of Gold es poco más que la película de aquel concierto, en que Young interpreta al completo su nuevo disco. La verdad, el álbum es un poco irregular, y anda a años luz de sus mejores años, pero es un gran disco, y en directo suena inmejorable, acompañado por una banda de músicos casi ancianos vestidos a lo vaquero e interpretando su country-rock como si la música no hubiese cambiado desde 1973. Sé que asusta un poco, sólo son una panda de abueletes tocando música del siglo pasado. Bueno, me compadezco de aquellos que piensen eso, porque se están perdiendo una auténtica joya. No es sólo la música lo que brilla, sino la aproximación a ella que realiza Demme. Es uno de los conciertos mejor rodados que he visto, un alarde de belleza y sobriedad visual que huye del efectismo y la espectacularidad que no dejan de vendernos hoy en los productos de este tipo. La cámara suele permanecer quieta, acercándose al rostro de los protagonistas en lugar de a sus instrumentos, dejándose expresar a través de sus ojos: de la complicidad entre Young y su esposa Pegi, también en el escenario; de la admiración que aparece en los ojos de Diana DeWitt al mirar de reojo a Neil mientras interpretan Prairie Wind; de cómo se iluminan cuando Young habla de su padre... Cuando acaba una canción la pantalla funde en negro para retornar con la imagen de Neil Young sobre el escenario, con un impecable traje blanco, su sombrero y su vieja guitarra (la misma con la que Hank Williams actuó por última vez en Nashville, la misma con que compuso Heart of Gold o Old Man), o se sienta al piano sobre un fondo compuesto por los violinistas que le acompañan, siempre inundado en tonos amarillentos, áridos y melancólicos como la propia música. Es una película que consigue emocionar sin apenas diálogos, aunque las pocas veces que hacen acto de presencia suelen reclamar su protagonismo (los devotos del canadiense se deleitaran oyendo a la explicación de a quién está dirigida Old Man o las anécdotas de la infancia del mito). Y, en su parte final, es casi una celebración. Acabados los temas del citado Prairie Wind, el escenario se llena de clasicazos como I Am a Child, The Needle & the Damage Done o Heart of Gold (¿cuantas veces ha aparecido ya?) y finalmente el film se completa y adquiere todo su significado.

Como The Last Waltz, aquella mítica obra de Scorsese que retrataba el último concierto de The Band, esto es más que un concierto, es un homenaje a una década, a una generación de artistas únicos y a toda una forma de concebir la vida y el arte. Son sólo unos abueletes tocando música del siglo pasado, pero estos adorables ancianitos nos dan toda una lección de vida lejos de la artificialidad que impera hoy en día, una lección de naturalidad y humildad usando como medio la obra de una de las figuras más grandes de la música contemporánea. Muy buena.

Nota: 8,5

jueves, 12 de abril de 2007

Hijos de los hombres


Londres, noviembre del año 2027. Un puñado de gente se arremolina en una cafetería del centro para ver la noticia del día, la muerte de la persona más joven del mundo en una pelea con un fan, a los 18 años. Theo (Clive Owen) pide un café, sale de la cafetería y se para a tomárselo a escasos metros de allí. De repente el local salta por los aires, y entre el polvo y el humo la cámara sólo acierta a ver a una mujer aturdida con su brazo en la mano.

Con un principio similar, está claro que la nueva producción del mejicano Alfonso Cuarón no va a ser una película convencional. Basada en una novela de PD James, Hijos de los Hombres nos sitúa en un futuro cercano de perspectivas apocalípticas. Los humanos son estériles, no ha nacido ninguna persona en los últimos 18 años así que la humanidad, sin esperanza, se entrega al caos y la violencia. Sólo Gran Bretaña ha conseguido mantener el orden, gracias a una política autoritaria y militar, lo cual produce una avalancha de inmigrantes a sus costas, que aplacan con una durísima y cruel política inmigratoria según la cual los inmigrantes son despojados de sus derechos humanos, enjaulados o masacrados sin ningún reparo. En medio de este panorama aparece Teo, antiguo activista antisistema reconvertido a gris burócrata al que la muerte de su hijo años atrás parece haberle arrebatado las ganas de vivir, una persona cansada y desesperada que apenas disfruta con pequeñas cosas como la compañía de su amigo Jasper (Michael Caine, en un papel impagable), que vive en una pequeña casa oculta en el campo y se gana la vida pasando maría de una plantación privada. En medio de su rutina aparece Julian (Julianne Moore), antigua pareja de Teo y líder de un grupo, considerado terrorista por el gobierno, que lucha por igualar los derechos de los inmigrantes a los de los ciudadanos británicos, y que le pide a Teo que ayude a Kee, una joven inmigrante negra, a llegar hasta la costa para coger un barco, misión que se torna vital para Teo cuando descubre que Kee está embarazada, lo cual la convierte en la gran esperanza para la raza humana.

No es esta una película normal. La premisa del argumento es brutalmente simple, y en ningún momento la película parece profundizar en ningún tema. Diálogos vacíos, situaciones rutinarias y en ocasiones cómicas (“¿Quién es el padre?” “Nadie, soy virgen...no, es broma, pero sería la bomba”) que son sólo excusas para transmitir un mensaje menos evidente pero más profundo. Sin contar nada explícitamente, la película te deja helado mostrando a inmigrantes enjaulados franqueando el camino de Teo a su trabajo, en las caras desoladas de todos los personajes y figurantes que aparecen en plano, en la recreación de los “campos de refugiados” en que viven los inmigrantes, inspirados en los guetos judíos de la Europa tomada por los nazis, las fosas comunes de las que sobresalen los cadáveres carbonizados de inmigrantes exterminados. La han acusado de ser insustancial y vacía, pero también bella, y sobre lo último no hay duda. La maravillosa fotografía de Emmanuel Lubezki, en la que la luz apenas puede emerger en la atmósfera lúgubre y gélida, el magistral uso del plano secuencia, el diseño de producción, la música...es todo perfecto y te sumergen de pleno en la vida de los personajes, haciéndote vivir y sufrir (especialmente lo segundo) como uno de ellos. Y, extrañamente, lo que más acaba transmitiendo es optimismo y ganas de luchar por un mundo mejor, para evitar a toda costa que en algún momento nuestro mundo llegue a ser como ese mundo. Hijos de los Hombres pertenece a esa rara especie de películas de ciencia ficción que aprovechan las posibilidades de hablar de un futuro cercano e incierto para tratar el presente y la realidad actual. Como la maravillosa Brazil de Terry Gilliam, su mundo futurista es más una advertencia de lo que puede pasar si seguimos viviendo como hasta ahora que una fantasía. Probablemente la mejor película del año 2006.

Nota: 9,2


lunes, 2 de abril de 2007

Magnolia


San Fernando Valley, California, 1999. Jimmy Gator está dispuesto a acabar con su vida. Hundido en los remordimientos de las mentiras y atrocidades que cometió en el pasado, solo, rechazado y abandonado por su esposa y su hija, Jimmy saca su pequeño revólver de un cajón y se apunta a la sien, decidido a apretar el gatillo. Cuando va a disparar, una rana que cae del cielo atraviesa la claraboya que hay sobre Jimmy e impacta sobre el arma en el momento exacto del disparo, desviando el cañón del arma lo suficiente como para que la bala no le alcance, y salvándola la vida. ¿Coincidencia? ¿Azar? Bueno, esas cosas pasan...

Como ya anuncia su excelente prólogo, Magnolia trata sobre las coincidencias. O no. Más bien trata sobre las cosas extrañas que pasan, y otras no tan extraños, los sentimientos y las reacciones que rodean nuestra vida. Localizada durante un día cualquiera en una ciudad cualquiera, la película sigue la vida de un buen puñado de personajes, cada uno con sus problemas, sus traumas y sus miserias, y cuya aparente falta de relación entre sí va poco a poco desvaneciéndose. Tenemos un productor de televisión moribundo que le pide a su enfermero que localice a su hijo, con el que lleva cerca de 15 años sin hablar. Tenemos a su mujer, joven y atractiva, que se casó con él por dinero y ahora, incapaz de aceptar su culpa, se dedica a sumirse en un mar de calmantes. Está el presentador del programa de televisión más exitoso del moribundo productor, aquel en que en los 60 destacó un niño prodigio ahora convertido en adulto fracasado, a punto de perder su empleo. También tenemos a un nuevo niño prodigio, explotado por su padre para ganar dinero en el concurso. Tenemos a la hija del presentador, adicta a la cocaína y huidiza. Y tenemos a un policía maduro y bienintencionado incapaz de rehacer su vida sentimental desde su divorcio.

Con ese mosaico de vidas cruzadas, ligero homenaje a Robert Altman, Paul Thomas Anderson vuelve a maravillar con una película compleja, deslumbrante y demoledora sobre la naturaleza de los sentimientos humanos más profundos. Siguiendo el camino que ya marcó con la película que le dio a conocer, la también fabulosa Boogie Nights (1997), Magnolia es una película épica e intensa a lo largo de sus tres horas de duración, pero también divertida y sorprendente. A pesar de su largo metraje, en ningún momento se torna aburrida, gracias a esa estructura de varias historias que hace que no se centre nunca mucho tiempo seguido en ninguna de ellas, y gracias a su dirección dinámica y espectacular, con sus largos planos secuencia y su buen uso de la música, que por otra parte es también muy notable, con un bonito score orquestal del siempre sólido Jon Brion y una serie de canciones “pop” compuesta e interpretadas para la ocasión por Aimee Mann. Por supuesto, las actuaciones, como en las películas corales de Altman, son soberbias. Usando básicamente el mismo reparto de Boggie Nights (esto es Julianne Moore, John C. Reilly, Philip Seymour Hoffman, Philip Baker Hall, William H. Macy y Luis Guzmán), y añadiendo a Tom Cruise, Jason Robards y Melora Walters, el resultado es realmente impresionante, con los más consagrados (Robards, Moore, Baker Hall, Macy) tan soberbios como acostumbran, y los menos duchos demostrando que también saben actuar (Cruise ofrece su mejor interpretación... bueno, quizá su única interpretación, Jerry Maguire aparte...). En definitiva, aunque quizá no sea tan sorprendente como su anterior obra, y aún siendo quizá incómodamente larga, Magnolia es una gran película, y la confirmación de Paul Thomas Anderson como uno de los talentos más brillantes del nuevo Hollywood. Muy digna de ver.

Nota: 8,4


martes, 20 de marzo de 2007

Paris, Texas


Hay lugares donde las cosas que hiciste en el pasado parecen no importar, donde puedes volver a olvidar todo y empezar de nuevo. No son lugares mundanos, parecen pedacitos de otro mundo que por error han llegado al nuestro para reconfortar a los pocos afortunados capaz de buscarlos con suficiente dedicación como para encontrarlos, escondidos en medio de un desierto al que pocos se atreven a enfrentarse. Paris, Texas es uno de esos lugares. La gran obra maestra de Wim Wenders, aquella con la que se alzó con la Palma de Oro en el festival de Cannes de 1984 es, para empezar, todo un prodigio de la técnica cinematográfico, el perfecto ejemplo de cine como arte dirigido a los sentidos. La maestría de Wenders moviendo la cámara, la fotografía como siempre maravillosa pero nunca tan excepcional de Robby Müller y la música de Ry Cooder, tres genios reunidos y en perfecta conjunción, hacen de esta una película tan bella plásticamente que a veces parece escapar de las convenciones del propio cine. Nadie pinta paisajes como Müller, que hace aquí uso de una fotografía hiperrealista y sobria para traernos el colorido del desierto, de las luces nocturnas de las autopistas, de las puestas de sol y demás espectáculos de la naturaleza con una paleta donde el verde y el rojo parecen querer expresar tantos sentimientos como los propios actores, ofreciendo uno de los mejores trabajos de cinematografía que se han visto probablemente nunca en el cine. Nadie filma road movies como Wenders, el único capaz de transmitir con perfección la soledad y libertad que otorga la autopista con esos planos tan sutiles y elegantes que ya aprendía a usar en su gran obra temprana, Alicia en las Ciudades. Y Cooder, claro, y su solitaria guitarra tañendo como lamentos salidos del alma del pobre protagonista.

Por supuesto, para convertir todo lo anterior en una gran película también se necesita una historia que contar, y el maravilloso guión de (el actor) Sam Shepard no decepciona. Paris, Texas es la historia de Travis (Harry Dean Stanton), que tras cuatro años desaparecido aparece en medio del desierto de Mojave, en Texas, desorientado y deshidratado, y que acaba derrumbándose al llegar al primer reducto de civilización. Desde allí llaman al único número de teléfono que tenía en su cartera, que resulta ser el de su hermano Walt (Dean Stockwell), que se hizo cargo del hijo de Travis tras la desaparición de éste y de su mujer Jane (Natassja Kinski). Walt se dirige a buscarle y, tras la negativa de Travis a volar, emprenden la vuelta a Los Ángeles para reunir a padre e hijo. Travis se niega a revelar qué ha hecho durante todo ese tiempo, al principio ni siquiera habla, ni apenas come ni duerme, parece un alma en pena que sólo quiere huir y dirigirse a un lugar perdido en medio del desierto. Cuando al fin vuelve al mundo de los vivos y arregla las cosas con su hijo, decide salir a buscar a Jane e intentar conseguir que vuelva al lado del niño, el pequeño Hunter.

Stanton y Stockwell, dos de esos secundarios habituales que por fin tienen ocasión de brillar, están estupendos en sus papeles, pero es Natassja Kinski la que realmente deslumbra. Gran parte de la credibilidad del guión radica en su papel, y Kinski está perfecta como la fascinante mujer de Travis, de hecho nunca ha vuelto a estar tan turbadora y encantadora en la gran escena final en el “peep-show”, donde al fin se desvelan algunos de los misterios que rodean la vida de estos dos personajes, una escena de 15 minutos rodada en una habitación minúscula y sin apenas acción, sólo diálogos y la guitarra de Cooder de fondo, que debería ser estudiada como perfecto ejemplo de drama y de hasta que punto el cine es capaz de emocionar. Puede que no sea una película para todos los públicos, quizá tampoco lo necesita, para mí es simplemente una de esas películas en las que refugiarme cuando de verdad la angustia y la soledad parecen dominarme y un recordatorio de que el cine siempre está ahí cuando lo necesitas, para devolverte la esperanza y las ganas de vivir. Una maravilla.

Nota: 9,5


domingo, 4 de marzo de 2007

La vida de los otros


El laberinto del fauno es una buena película. Una gran película, incluso, una que ha logrado conciliar a crítica y público. Ha sido la película latina más taquillera de la historia en EEUU, y poco más o menos ha pasado por aquí. Ha logrado conectar con el público y muchos aficionados al buen cine. Por eso no era de extrañar esas numerosas reacciones de rechazo cuando la película de Guillermo del Toro perdió el Oscar a la mejor película extranjera a favor de la alemana La vida de los otros, gente clamando contra la injusticia de no haberse llevado un premio totalmente merecido. Por supuesto, pocos de esos se habían molestado en ver la película alemana, porque tras su visionado no puedes más que estar de acuerdo con la Academia, ya que la decisión de entregar el premio a la semidesconocida película germana ha sido una de las más justas de esta edición.

El primer film de Florian Henckel von Donnersmarck (vaya nombrecito) gira en torno a Gerd Wiesler, capitán de la Stasi (la policía secreta del régimen en la RDA, la Alemania oriental), un hombre extremadamente eficiente y comunista convencido, al que le encargan vigilar a una pareja de artistas, el escritor Georg Dreyman y la actriz Christa-Maria Sieland, sospechosos de disidencia política hacia el régimen bajo su fachada de conformismo y beneplácito hacia éste. Tras colocar micros por toda la casa, Wiesler se instala en la destartalada azotea del edificio en que reside la pareja, listo para monitorizar por completo su vida en busca de cualquier indicio de inconformismo político. Mientras los observa empieza a empatizar con ellos, a rellenar los vacíos de su vida con la de los otros y, en última estancia, a intervenir en esas vidas ajenas. También descubre que la operación respondía únicamente a los caprichos personales de un alto mandatario gubernamental, a partir de lo cual empieza a cuestionarse, si bien no sus principios políticos, quizá sí la validez del régimen, de la dictadura del proletariado, que parece olvidar a estos a favor de unos pocos privilegiados.

La vida de los otros funciona en dos planos bien diferenciados. Por un lado está el obvio mensaje político, el estudio (nada subjetivo ni panfletario, y ahí está uno de sus logros) del sistema autoritario de la RDA y de las posibles causas de su fracaso social; por otro, y es éste el más profundo, es un viaje a la mente de un hombre gris y obediente que comienza a plantearse si entregar su vida a un sistema y a unas ideas políticas es algo válido, si la vida es quizá algo más importante que eso, si, como le “cuentan” los dos artistas a los que observa, la única razón lícita para entregar tu vida sea sólo el amor, ni siquiera el arte, algo cuyo significado nunca ha conocido pero que irá aprendiendo poco a poco, en las conversaciones de los otros, en los libros que cuidadosamente coge de la casa de los observados o en el momento en que decide tomar partido. En este plano, la película se transforma de un film interesante a una obra hermosa y emotiva, a lo que ayuda mucho el precioso estilo formal, con una factura técnica soberbia. Con algún parecido a la obra del primer Wim Wenders, la película progresa lentamente, con sutiles movimientos de cámara, una elegante música de corte clásico y un montaje que intenta fundir en uno las vidas del agente y del artista. Es lenta, pero no pesada: sus dos horas y cuarto de duración pasan rápido, gracias al poder de absorción de la historia y de algunas ligeras gotas de humor que ayudan a relajar un poco la angustia de la historia. Y, aunque no pueda hablar más de ello ahora, el final es precioso, una especie de epílogo a la obra que la completa y la hace casi perfecta. Una gran película, en definitiva.

Nota: 8,8